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La noche de ayer será inolvidable para todos los que asistimos al concierto de La Casa Azul, proyecto de Guille Milkyway, uno de los creadores artísticos con más personalidad del panorama actual. La cita con los inexistentes chicos de LCA tuvo lugar en la Sala Apolo II. Las puertas se abrieron pasadas las 20h y desde ese momento todo fue un viaje hacia lo más esperpéntico y kitch. En la sala se congregaron lo más selecto de la ciudad: personajes andróginos, muchachitas retro, heterosexuales, homosexuales de todos los colores de la baraja y nosotros.
Las luces se fundieron pasadas las 21h cuando la nave espacial de Guille aterrizaba en la sala para llevarnos la Revolución sexual. Los flash de las cámaras digitales deslumbraban mientras las primeras notas de la canción que da nombre al disco nos llevaba hacia lo que sería una velada de absoluta sinestesia. El suelo de la Apolo II temblaba con los saltos y brincos de la enfurecida legión de fans que vociferaban al unísono: Túuuuuuuuuuuuuuu que decidiste que tu vida no valíiiiiiia, que te inclinaste por sentirte siempre mal, que anticipabas un futuro catastrófico, hoy pronosticas la revolución sexual.
El fenómeno LCA está creciendo a un ritmo que ni el propio Guille es capaz de digerir. Pocos grupos españoles Indie llegan a alcanzar puestos tan envidiables como el 25º. Desde su primer disco hasta ahora no ha variado nada, tal vez si se perciba la madurez que otorga el paso de los años. Ayer la sala estaba más abarrotada que en aquel 24 de junio de 2006. Después de la revolución sexual vinieron nuevas y antiguas canciones: Esta noche sólo cantan para mí (Astrud), Chicos malos o Mucho más de lo normal se mezclaron con Mis nostálgicas manías, galletas o Chicle cosmos.
Como todo grupo musical, no tal vez sin una genial crítica de un artista que esta a vuelta de todo, regresó varias veces al escenario para poner fin al festejo psicodélico con Como un fan. Y es que ayer fue una noche para dejar las dosis de Myolastan y enchufarse un tang de naranja o un par de chicle cosmos y viajar de shybuya a Venus con las bailables melodías de un artista capaz de producir sinestesia como el viejo Ludwig van.
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